domingo, 19 de diciembre de 2010

mis sentimientos

SENTIR ES MI MODO VÁLIDO DE RECIBIR "INFORMACIÓN" PROFUNA SOBRE LO QUE ME RODEA.
CUANDO ME PREGUNTAN "CÓMO TE VA", ¿NECESITO PENSAR EN ELLO, O ¿LO SIENTO YA DE ANTEMANO?

MIS SENTIMIENTOS

La filosofía existencial rescata toda la dimensión afectiva y la convierte en escenario tácito de cualquier manifestación humana.

Mi afectividad es un aspecto fundamental de mi persona. Esto significa algo más que decir "el hombre es inteligente, conoce el mundo y, además, siente". El énfasis se pone, desde la visión contemporánea, en la importancia de la afectividad como instancia de apertura frente al mundo.

El sentir humano tiene el mismo rango que tiene el conocer, o el pensar. Se trata de un modo de ser en el mundo, en virtud del cual todo lo que nos ocurre es sobre el horizonte de nuestra tonalidad afectiva. Nuestro ser afectivo es la forma como nos encontramos en el mundo.
”Un mandamiento nuevo les mando, que se amen unos con otros”

EL SENTIMIENTO:
UNA VERDAD EXISTENCIAL

La pregunta coloquial: "¿Cómo te va?", refleja este estar de alguna manera;
el irle a uno la existencia de algún modo, fenómeno que caracteriza a la persona existencialmente. A mi me va siempre bien, mal, etc. Yo estoy siempre que viene a ser la forma de estar abierto al mundo.

"Mis fenómenos afectivos son esencialmente intencionales, es decir, tienden hacia algo: cosas, personas, valores, que en una u otra forma están en el mundo.

La vida afectiva se caracteriza por esta tensión, por esta especie de salida del sujeto de mi mismo. En ella encontró una abertura fundamental de mi persona hacia los demás".

¿Qué temple caracteriza a cada uno de nosotros?
Las respuestas a los enigmas prueban que ellos pueblan nuestra existencia.
Mientras más serenidad, mayor es el contacto de mi persona con mis misterios.

Es más, suele decirse que fulano es irascible, o que zutano es una persona simpática, calificativos que no describen un estado fortuito de alguien, sino un temple anímico constante. Esta observación vale para todos los hombres. Cada cual está abierto al mundo, a su manera; se encuentra existencialmente templado.

El temple es una posibilidad de ser, que refleja cómo estoy yo y cómo me va a mí en mí ser abierto al mundo. Estas preguntas


revelan algo que tiene que ver con la experiencia original de estar aquí; de ser sin que se nos haya pedido nuestra opinión al respecto

y, finalmente, tengo que seguir siendo sin saber ni dónde ni el adónde.

Es decir, no me queda claro desde dónde procedo ni hacia dónde me oriento. Me encontró existiendo, éste es un hecho que me revela en el temple afectivo. En otras palabras, siempre me encontró afectivamente de alguna manera, y este estado me ha revelado que estoy lanzado a la existencia, sin previa autorización y que debemos continuar en ella.

Sobre esta base común se modula mi existencia individual. Y cada cual adoptará su propia forma afectiva. El peso que significa asumir que estoy arrojado en la existencia, puede ser leído por la Fe, como gracia divina que le otorgó a su ser y le promete la salvación.

El que no cree, puede dar un sentido a su vida pensando que, después de ella, nada queda, etc. El hombre que no cree, ni descree, se puede angustiar todo lo que quiera por no encontrar un sentido para su vida, y otro se reirá de estas cuestiones y vivirá el momento sin preocuparse más. En fin, muchas son las posibilidades de asumir esta originaria experiencia, la cual reflejamos en nuestro estado de ánimo.

MIS SENTIMIENTOS


Mi temple refleja su existencia. Es como el termómetro de mi ser.
Cuando me siento mal, por ejemplo, mi humor decae, todo mi ser se torna bajo y, por último, es mi propio ser el que aparece como carga que no me aligera nunca, por más que disimule. Esta tonalidad

afectiva marca todas nuestras conductas.

Si, por el contrario, el optimismo y el éxito nos rodean, ésa será la óptica con que iniciaremos cualquier proyecto. En suma, el temple de ánimo es



variable, por inexistente, desteñido u opaco que parezca; sin embargo, esa opacidad existencial -tan común en los mortales- es la presencia. Más clara de la ineludible afectividad que me caracteriza. En definitiva, todo mi comportamiento está estrechamente ligado a la disposición afectiva.



LA ANGUSTIA

UN "SENTIMIENTO" ESPECIAL

¿Es malo angustiarme? La angustia es un temple que se rehuye y teme, pero que siempre figura en el escenario cotidiano, en los libros de psiquiatría, en la poesía e incluso en la filosofía. Parece que nuestra época habla mucho de la angustia.

"La angustia está ahí. Dormita. Su hálito palpita sin cesar a través de la existencia: donde menos, en la del "medroso"; imperceptible en el "sí, sí" y "no, no" del hombre apresurado; más en la de quien es dueño de sí; con toda seguridad, en la del radicalmente temerario. Pero esto último se produce sólo cuando hay algo a que ofrecer la vida con objeto de asegurar a la existencia la suprema grandeza".

La angustia es el temple radical de la existencia, porque, lejos de ser, como se considera vulgarmente, un estado deficitario y enfermizo del hombre, si se asume auténticamente, es la ocasión

de ver nuestro ser cara a cara, sin ocultamientos. La angustia es un temple de una especial categoría, porque tiene que ver con el descubrimiento de nuestro ser finito, esto es, mortal.

A esta verdad se le saca el cuerpo y por ello rehuimos de la angustia. Intuimos que este estado nos mostraría un aspecto de nuestra vida que puede obligarnos ahora a asumir todo lo que permanentemente postergamos. Tenemos una especial resistencia a perder esta familiaridad que nos mantiene entretenidos con lo que hacemos. Nuestra afectividad cotidiana tiene algo de parejo aturdimiento en los

quehaceres rutinarios. Sólo. Los poetas y otros artistas pueden asumir esta experiencia cuando viene, y salir totalmente fortalecidos de ella.

"Mi angustia radical puede emerger en la existencia en cualquier momento. No necesita que un suceso insólito la despierte. A la profundidad con que domina corresponde la nimiedad de su posible provocación. Está siempre al acecho, y, sin embargo, sólo raras veces cae sobre mi para arrebatarme y dejarme en suspenso".
Quien se angustia pierde todo suelo, toda confianza y con ello se enfrenta a la certeza más profunda de su ser amenazado, vulnerable, pendiente de un hilo entre el ser y la nada. La muerte asoma con todo su rigor como la última posibilidad ineludible. La fuerza de la angustia abre al hombre radicalmente a mi ser más propio.

Los místicos, por ejemplo, poseen un temple de ánimo que no tiene nada de cotidiano.
Hay seres optimistas que tienen fracasos permanentes. Otros lo tienen todo y sufren mucho.


SENTIMIENTOS Y VIDA COTIDIANA


Hablamos de los sentimientos, entonces, para referirnos a la dimensión afectiva general, de base, sobre la cual se constituyen todas nuestras

relaciones con todo lo que es en este mundo.
Se trata, pues, de un fenómeno radical. En el horizonte afectivo hay una gama enorme de posibilidades y variaciones. Todos estamos abiertos a una afectividad que puede ser intensa, o bien, pareja y pobre.

Hay, por tanto; temples más "nobles" y dignos que otros. Podemos afincarnos en un temple disimulador y perseverar allí, pero nadie es inmune a pasar bruscamente y sin motivo visible a otro temple de mayor radicalidad existencial.

En suma, hay temples más "profundos" porque mi forma original de ser; me conectan con lo más auténtico de mi existencia. Otros temples, en cambio, nos cierran a experiencias más radicales de nuestro ser, manteniéndonos apegados a la cotidiano.

Todos nosotros nos hallamos así o asa, somos habitantes de este lugar. Cuando yo salgo de mi medio, vengo del campo a la ciudad, lo primero que experimento es que no me "hallo" bien. De esto se trata en la disposición afectiva: es una tonalidad que me ubica en el mundo; que refleja cómo sentimos, en general, esto de vivir.

Este "hallarse" tiene que ver con una doble cuestión: refleja un "estado interno" y la relación con los otros. Se trata de un modo de sentir frente a lo que nos rodea y también de sentirme a mi mismo, que no tiene que ver directamente con los acontecimientos cotidianos, sino con un modo de estar parados en mi propio ser, más global y penetrante, sobre la base del cual se dan todas las situaciones afectivas concretas.

El miedo -temple habitual que se desencadena ante un objeto determinado- es, por ejemplo, un temple cotidiano, pues me hace huir alocadamente de algo, perdemos la serenidad, me consume la inquietud y esta constante amenaza fácilmente en la mediocridad.

Tengo miedo de mi mismo o de tal o cual ¿Qué tememos en cual cosa cotidiana, y esta constante amenaza nos quita realidad? la posibilidad de afrontar lo que viene, e incluso de vivirlo plenamente. Quedamos sujetos a aquello que tememos y que nos amedrenta sin poder safarnos.

Cuando quiero escapar, pierdo la seguridad para todo lo demás, se me confunde todo. Ya no distingo el objeto que desencadenó el miedo de los que son pura imaginación. El miedo tiene un componente ficticio que atrapa y pierde.

"De la finitud puedo aprender mucho, pero no a angustiarme, si no es en un sentido muy mísero y pernicioso. Quien, por el contrario, ha aprendido en verdad a tener angustia, puede empezar el baile cuando empiezan a sonar las angustias de la finitud".

La alegría profunda, el dolor hondo, son temples que me muestran

a mi persona mi dimensión más consistente. Son temples descubridores, que iluminan aspectos de mi ser a los que siempre esquivo. Caer en ellos y soportar su intensidad, proporciona, a quien los vive, la capacidad de goce que falta en la existencia temerosa y chata, que no se atreve a aceptar y resistir el dolor ni el goce y, por lo mismo, carece de la disposición para vivir plenamente la felicidad.


CERTIDUMBRES

De mi inteligencia brotan mis pensamientos e ideas; de mi Esencia brota mi amor y su lenguaje es el cariño empapados de sentimientos, verbales y no verbales
Nadie duda de la ciencia y sus certidumbres. Es evidente que la ciencia se encamina al saber.

El terreno de los sentimientos:
¿Pueden ser de luz o d sombra? ¿Aclaradores o perturbadores?
sentimientos es, a este respecto, oscuro. No parece muy obvio qué nos proporcionan, o si se sabe, no es tan fácilmente encasillable. ¿Qué refleja, exactamente, un sentimiento acerca de alguien o de alguna situación? Algo me dicen, pero ¿qué es eso que se nos manifiesta cuando sentimos algo? ¿Ofrecen los sentimientos un saber acerca de las cosas?

¿Hay que rechazar en nombre de la ciencia, dado que no son científicamente demostrables, todas las afirmaciones morales, estéticas y religiosas? ¿Habrá que admitir que está permitido someter a suplicio a un ser humano, dado que no se puede establecer "científicamente" que el suplicio sea condenable?


La afectividad es un saber existencial. Su iluminación es mucho más esencial de lo que se cree. La forma de sentir de cada hombre refleja su grado de apertura y de saber. Lo afectivo está absolutamente atravesado por lo humano en general y pertenece radicalmente al pensar.

Los sentimientos son un modo de saber más originario, aunque distinto, al mismo conocer, que modula todo comportamiento. Toda voluntad deliberada de ejercitar una capacidad expresa de conocer es mediata (posterior), y está determinada por nuestro modo de ser-en el-mundo afectivamente templados.
Esto puede parecer extremo para la imagen común la acerca de la afectividad:


"Según la opinión más extendida, no hay saber afectivo. Sin duda se admite que muchas de nuestras certidumbres dependen de la afectividad. Pero, en esta medida, a esas certidumbres se las considera puramente subjetivas, y por tanto ilusorias: el amor es ciego, la poesía es ficción, el sueño es mentira, la locura es error, la misma fe religiosa es sospechosa a ojos de quienes, negándose a verla como un efecto de la gracia divina,

La consideran originada en nuestros deseos, nuestros sentimientos, la necesidad de ser amado o el miedo a la muerte. Se estima, por tanto, que no hay más saber que el científico, y que sólo puede ser verdadero lo que está científicamente establecido".

Lo que sucede es que cada campo del saber aporta diferentes cosas. No todos los saberse tienen el mismo alcance u ofrecen la misma certidumbre. No obstante esto, hay que aceptar que se puede priorizar uno para cierta finalidad, pero no en desmedro de otros, como lo pretende el racionalismo científico.
Tampoco se trata de renegar de la ciencia y caer en la superstición, sino de dejar abierta la posibilidad de que el saber se exprese por sus diversas vías. La afectividad tiene algo, y muy importante, que decir.

En otras palabras, el filósofo no considera que sólo la ciencia pueda alcanzar la verdad. La ciencia no logra contener ni agotar la riqueza de nuestras certidumbres. Quien valora solamente lo que la ciencia sanciona se pierde una dimensión central de nuestro ser.

En el saber afectivo, hay una certidumbre que no la da ningún conocimiento científico. La certidumbre de lo que somos, de nuestro existir, y de la fragilidad propia de nuestro ser es algo que se vive, no se conoce "objetivamente". Nuestro sentido del ser pertenece al orden afectivo, a su saber y no al conocimiento científico.

El saber que soy, la manifestación de esa tremenda verdad no tiene relevancia científica. Es decir, esta revelación ontológica (del ser) pertenece al orden del saber afectivo y no al orden del conocimiento científico. La naturaleza de esta "certeza" supera en radicalidad a cualquier otra. Con cariño, JOSÉ FORBES SDB