lunes, 20 de diciembre de 2010

“AMOR DIVINIZADO” CON CARIÑO SACERDOTAL A LOS PAPITOS HERÓICOS QUE TIENEN HAMBRE DE DIOS. JFF

La psicología transpersonal no hace distinción de credos. Acepto que la experiencia espiritual es posible en cualquiera de las grandes religiones Por tanto, no toma partido por una religión u otra. Más todavía, reconoce que no pertenece a su campo la demostración de la existencia de Dios.

Se limita a observar que las vivencias religiosas o de Fe, que procuran a la Persona un crecimiento, que va más allá de las metas propuestas por las otras corrientes de psicología.

Así, por ejemplo, verifica que la oración “contemplativa”, llamada meditación en el Oriente, conlleva cambios metabólicos, fisiológicos, psicológicos y sociales. Y estos cambios benefician al ser humano en forma notable.

Más aún, me procuran el deseado crecimiento transpersonal. Lo cual, sin embargo, puede ocurrir independientemente de que la oración contemplativa sea budista, yoga, judía, cristiana, musulmana, etcétera.

Porque yo soy cristiano, aprovecharé mis propias creencias para enmarcar los descubrimientos que he hecho, aún en forma limitada, en torno a la perspectiva transpersonal de la sexualidad.- Religión, es para mi una moción humana .FE es una mosión divina hacia mi.

EL SEXO EN CLAVE TRANSPERSONAL

Algún artículo de la psicología transpersonal considera la “Oración contemplativa como la puerta para entrar en el mundo transpersonal.” Esta forma de orar es muy sencilla. Implica un contacto con el Trascendente o con Dios, de corazón a corazón.

Yo tengo comprobado que ese encuentro de “ser a ser”, con Dios, que es el Creador de la sexualidad humana, produce una verdadera transformación sexual en el orante. Deseo compartir mi experiencia al respecto en este capítulo.

1. Desarrollo contemplativo del corazón

A partir de 1996, neurólogos, fisiólogos, médicos y psicólogos se han dado a la tarea de investigar qué sucede cuando un ser humano "medita" o, en términos cristianos, realiza una forma contemplativa de orar. (MT, 6,5-8)

Y tal como acabo de insinuar en la introducción a esta quinta parte, los efectos corporales y psicológicos son extraordinarios.

Tal vez cualquier forma sencilla de orar, que implique un cierto ritmo en la comunicación con Dios, puede producir esos efectos. Pero ya está comprobado que la oración contemplativa sí los produce.

“ORACIÓN CON EL CORAZÓN”

Creo que lo importante es que se ore con el corazón y no con el pensamiento. Las formas contemplativas desarrollan una actividad cordial, que pone en juego la libertad, la capacidad de amar y, en última instancia, el centro más personal del hombre: su Esencia.

Por desgracia, en la Iglesia católica, en el Protestantismo, en el Judaísmo, etcétera, a pesar de tener una larga tradición contemplativa y mística:,

Se abandonó la oración contemplativa, para darle una preferencia, prácticamente exclusivista, a las formas vocales, rituales y litúrgicas de orar.-Gran error

Con razón me quejo con mucha pena del abandono de la oración contemplativa en el Occidente. Esto supone una pérdida enorme para el equilibrio y creatividad de las personas.

"Con el colapso de la cristiandad como fuente de experiencia individual y espiritual, la oración se ha visto ampliamente abandonada. La oración silenciosa y contemplativa parece haber sido ¡a forma más ampliamente usada y culturalmente aprobada en el Occidente. Así, con la pérdida de la oración, el Occidente ha perdido los importantes beneficios de la meditación, que tienen poco qué ver con el credo religioso.

La meditación es un medio para lograr equilibrio psíquico y para desarrollar el contacto con la experiencia interna y con los recursos más profundos "Sin embargo, ilustrados por el Oriente los cristianos empezamos a redescubrir los valores de la oración contemplativa. Un sacerdote hindú, en la línea de Jesús que nos recomienda, "no seáis palabreros como los paganos", nos sugiere la diferencia que hay entre la reflexión meditativa y el encuentro de corazón a corazón. Mt6, 5-8.

"Un amante estuvo durante meses pretendiendo a su amada sin éxito, sufriendo el atroz padecimiento de verse rechazado. Al fin su amada cedió: 'Acude a tal lugar a tal hora', le dijo,

Y allí, a la hora fijada, al fin se encontró el amante junto a su amada.

Entonces metió la mano en su bolso y sacó un fajo de “cartas de amor” que había escrito durante los últimos meses. Eran cartas apasionadas en las que expresaba su dolor y su ardiente deseo de experimentar los deleites del amor y la unión con ella. Y se puso a leérselas a su amada. Pasaron las horas y él seguía leyendo.

Por fin dijo la mujer; ¿qué clase de estúpido eres? Todas esas cartas hablan de mí y del deseo que tienes de mí.

Pues bien, ahora me tienes junto a ti y no haces más que leer tus estúpidas cartas'.

"Ahora me tienes junto a ti”, dijo Dios a su ferviente devoto, no haces más que darle vueltas a tu cabeza pensando en mí, hablar acerca de mi con tu lengua y leer lo que dicen de mi tus libros. ¿Cuándo te vas a callar y me vas a saborear?'

En efecto, la oración contemplativa evita los discursos mentales y la palabrería. Más bien procura el contacto directo con Dios. Santa Teresa, después de 18 años de no poder orar con satisfacción, descubrió en Francisco de Osuna la oración de recogimiento, que es una forma contemplativa de orar.

Al respecto nos dice:

"Es arte de “orar” que —aunque sea vocalmente— con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo mil bienes: Llamase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios; viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro y a dar la oración de quietud que de ninguna oirá manera".

La práctica de cualquier forma contemplativa de orar implica cuatro elementos principales.

En primer término, si es posible, un lugar tranquilo.

En segundo lugar, adoptar una postura cómo­da.

En tercer término, mantener el ser sencillamente orientado hacia DIOS,'ayudándonos, si es necesario, con alguna frase corta.

Puede ser algo así como: "Dios mío, te amo". Y repetimos men­talmente esta frase; pero sin concentrarnos en ella, sin reflexio­nar en torno a ella.

El cuarto elemento consiste en el desapego respecto a los pensamientos. Si nos viene un pensamiento bueno e iluminador, no lo vamos a seguir. Lo mismo que si nos llega un pensamiento malo o distractivo, no nos esforzaremos por qui­tarlo. Simplemente dejamos los pensamientos buenos y malos a un lado, y tranquilamente volvemos a ocupar el corazón en estar amando a Dios.

Hay una forma oriental de orar, que es conocida como la oración del corazón. En los últimos siglos se ha desarrollado espe­cialmente en Rusia y se cuenta que todavía es practicada por los campesinos rusos." He aquí las instrucciones para practicarla:

"Permanece bien sentado (columna recta) en el silencio y la soledad, inclina la cabeza y cierra los ojos palmas sobre las rodillas y hacia arriba; respira suavemente, mira por la imaginación en el interior de tu corazón, recoge tu inteligencia, es decir, tu pensa­miento, de tu pensamiento a tu corazón.

Di, al ritmo de la respiración: 'Señor Jesús, ten misericordia de mi", en voz baja o simple­mente en Espíritu. Esfuérzate en echar fuera todos los demás pensa­mientos, sé paciente y repite a menudo este ejercicio".

INCREMENTO DEL CORAZÓN .No es necesario discurrir mucho para comprender que la “Oración contemplativa” sobre todo en la perspectiva cristiana, no es otra cosa que ejercicio del corazón. Del corazón en cuanto sím­bolo de la capacidad de amar que los humanos poseemos. Así como la gimnasia desarrolla nuestros músculos, la oración incre­menta nuestra capacidad de amar.

De hecho, de acuerdo a santa Teresa, la oración no consiste • "en pensar mucho, sino en amar mucho". Y como "Dios es AMOR,", al abrirle el corazón con nuestro amor, le permitimos que derrame el suyo en nosotros. Por eso advierte la misma santa Teresa, "mirad qué hermoso INTERCAMBIO: su amor con el nuestro".

Cuando Yo persona me entrego constante y sistemáticamente a la práctica cotidiana de la oración contemplativa, pongo en juego mi corazón. Y lo hago de forma que tiene que desplegar todas mis energías. Tal como Lowen sugiere en la “bioenergética”, el centro del hombre es el corazón..

Al activarlo, recogemos las energías disponibles y que pertenecen a otras actividades personales.

Puedo utilizar un ejemplo para explicar un poco !o que vengo observando desde hace algunos años. Al tomar un lente, colo­cándola bajo los rayos solares, conseguimos recoger en un haz varios de esos rayos. Esta conjunción de rayos se vuelve tan fuerte como para quemar una hoja de papel, si lo queremos. . Imaginemos que el centro de la lente es lo que reúne un con­junto de fuerzas anteriormente dispersas y débiles.

La práctica de la oración contemplativa reclama para su realización todas las fuerzas de mi persona. Y dado que buena parte de mis energías personales se encuentran acumuladas en la capa­cidad reproductora, no es extraño que la actividad contemplativa del .corazón gaste el excedente energético de la sexualidad.

"Nosotros célibes consagrados”; sin saber explicármelo, experimento que !a práctica de la oración me trae mayor equilibrio sexual. Sucede que, tal vez sin proponérmelo, pongo en movimiento todas mis energías, sobre todo las afectivas, en el acto espiritual del amor"

Esto no les ocurre probablemente a los principiantes. Para que el corazón tenga la habilidad de recoger gran parte de la energía excedente de la sexualidad, hace falta un proceso de maduración. De hecho, san Juan de ¡a Cruz había observado que en los comienzos de la vida espiritual, los gozos que se tienen en el contacto con Dios, llegan a convertirse, para algunas personas, en una reacción sensual y hasta en una excitación genital, añadiría yo¿?

"Muchas veces acaece en la Comunión que, como en este acto de amor recibe el alma alegría y regalo, porque se lo hace este Señor (pues para eso se da), la sensualidad toma también el suyo, como habernos dicho, a su modo; que como, en fin, estas dos partes son un supuesto, ordinariamente participan. Entrembas de lo que la una recibe, cada una a su modo”

El progreso en el desarrollo transpersonal suele implicar una etapa de purificación o de liberación personal. Esta consiste, básicamente" en la eliminación del pecado, que es oposición al amor o falta de amor. De esta manera se abre camino a una práctica afectiva y activa del amor a todo viviente, incluido e! propio yo y sin excluir a Dios.

La liberación transpersonal ya no se limita a quitar síntomas patológicos. Va mucho más lejos. Logra arrancar las raíces que pueden llevarnos a cualquier tipo de acción destructiva, sea patológica o no. Produce una reconstrucción radical de la perso­nalidad. Como si una chispa de fuego cayera en un trozo de car­bón y le arrancara su oscuridad, para convertirlo en una braza capaz de dar sólo luz y calor.

Este proceso de transformación interna hace que e! ser de la persona se vuelva amor, capacidad efectiva de amar, que hace de ella un ser amante. Lo cual resulta imposible, si la persona no dispone enteramente de sus energías personales, poniéndolas por completo al servicio del corazón. Entonces se puede, decir que ama con todo el corazón, con todo el cuerpo, con todas sus fuerzas.

. VISIÓN TRASCENDENTE DEL SEXO

El encuentro de corazón a corazón con Dios no sólo inten­sifica la capacidad de amar. Aparte produce una visión del sexo, que ya no se limita a ser

Genitofugal, sino que se vuelve trascendente.

Y no nomás porque trasciende los límites del egoísmo o de la falta de creatividad, sino también porque alcanza la ple­nitud de la concepción divina de la sexualidad. ,

Este es un ideal que desborda la más alta valoración que el ser humano puede lograr de la sexualidad. Dios valora infinita­mente más y mejor lo que es obra de sus manos creadoras,

Valoración “infinita” de la sexualidad.

El que busca un encuentro de tú a tú con Dios y aparte lee las Sagradas Escrituras, se beneficia con la incomparable peda­gogía divina. En efecto, con más optimismo que cualquier tera­peuta, Dios va llevando a cada persona, si ésta se lo permite, por los caminos de fa maduración afectiva.

Antes que nada, el Señor nos lleva a sentir, más que a reco­nocer mentalmente, que el ser humano —con sexo masculino y femenino— es criatura suya.

"Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo crió; varón y hembra lo creó".

Con esta insistencia en que varón y hembra lo creó, no sólo nos subraya la igualdad de ambos sexos. Al mismo tiempo nos muestra que la sexualidad humana participa de la imagen de Dios.

Por ser relacional, igual que Dios es pura relación, la sexua­lidad es el signo visible de que fuimos creados a semejanza de Dios.

Esta valoración de la sexualidad se pierde ya en la entraña del poder Creador de Dios. Allá en lo profundo de Dios fue pla­neada y por medio de su Palabra, cobró forma de varón y de hembra.

Con toda propiedad se puede afirmar que la sexualidad huma­na brota constantemente de la obra creadora de Dios. Los órganos genitales, el cuerpo masculino o femenino, la psicología y el es­píritu condicionados por el sexo, en fin, la totalidad del ser hu­mano y sus componentes nacen continuamente de la creación divina.

Por tanto, si entramos en contacto personal con Dios, nos estamos relacionando con la raíz óntica de la sexualidad humana. De esta manera podemos llegar a apreciarla mejor, a vivirla más plenamente, y a darle una orientación no sólo creativa, sino incluso “eterna”.

Desde el punto de vista terapéutico, es importantísimo que el ser humano adquiera una concepción tan excelente de la sexua­lidad como la que Dios tiene de ella. De esta manera no sólo aprende a comportarse honestamente.

Sobre todo, consigue inte­grarla en su personalidad, de forma que pueda disponer de ella con miras al amor y la creatividad.

Además, semejante consideración de lo sexual, predispone a los esposos a recibir el don gozoso de un orgasmo completo. Ya vimos que el secreto para llegar a ese tipo de orgasmo es la entrega amorosa de los cónyuges. Y donde hay amor, allí está Dios.

Pero si previamente se está abierto a Dios, entonces hay mayores probabilidades de que la donación amorosa de los esposos termine en una experiencia extática, que hace presentir el gozo infinito de Dios.

Quien experimenta su sexualidad como una realidad creada constantemente por Dios, también posee más facilidad para en­cauzarla en momentos de excitación genital. Y sobre todo, logra darle a su existencia una perspectiva biófila, constructiva, ilimi­tada en el afán de hacer el bien a los seres humanos y a todo viviente.

LIBERACIÓN DE LA CULPA PSICOLÓGICA

Por desgracia tenemos que reconocer que no siempre se usa la sexualidad en la línea del amor prevista por Dios. Al contra­rio, son muy frecuentes los pecados de orden sexual.

Llevados por Dios a través de sus palabras consignadas en la Biblia, advertimos que en el Antiguo Testamento, a pesar de que se toleraba la poligamia, y se prescribía la ley del levirato, según la cual un hermano debe casarse con la viuda que dejó su her­mano al morir, se condena severamente el adulterio para prote­ger la fidelidad conyugal.

También el Antiguo Testamento, en nombre del Dios que tra­tamos en la oración, prohíbe las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, el travestismo, la bestialidad, la prosti­tución.

Pero tenemos que reconocer que la ética del antiguo testamento conserva un matiz de tabú. Tabú significa prohibido, intocable. En el totemismo se prohíbe el contacto con ciertas personas, animales o cosas, lo mismo que determinados actos o palabras que son tabú. Y el que ha tocado lo que es tabú debe some­terse a ritos de purificación.

De esa mentalidad de tabú proceden en parte las prescrip­ciones rituales. Recordemos algunas de ellas. La menstruación, por ejemplo, así como el flujo patológico hacen impura a la mujer. Lo propio ocurre con el parto, Toda polución, tanto normal como patológica, hace impuro al varón. Las relaciones genitales también hacen impuros al marido y a la mujer.

Volviendo al tema del pecado, recordemos que, según la Biblia, el pecado no es una acción que alcance a dañar directa­mente a Dios. Más bien es una oposición al amor, que daña al ser humano y ofende en consecuencia a Dios, porque Dios ama efectivamente a cada persona.

"Si pecas, ¿qué mal le haces a Dios? Si acumulas los delitos, ¿qué daño le haces? Si eres justo, ¿qué le das a Él o qué recibe de tu mano? Es a un ser humano a quien afecta tu maldad; a un hombre, como tú, tu justicia".

En los pecados de orden sexual sucede algunas veces que no se alcanza a ver el daño que producen. Por ejemplo, con fre­cuencia parece incomprensible para muchos que la masturba­ción pueda ser un pecado. En este y otros casos semejantes, tenemos que fiarnos de Dios, por medio de la fe, sabiendo que El nos ama de verdad y sólo busca nuestro bien y nuestra feli­cidad.

Es verdad, por otro lado, que en muchos casos no se reúnen las condiciones necesarias para un pecado. Por ello, la Iglesia católica advierte:

"Es cierto que en los pecados de orden sexual, debido a su género y a sus causas, ocurre con mayor facilidad que falta, a! menos en parte, ese libre consentimiento. Ello obliga a proceder con mayor cautela en todo juicio sobre la responsabilidad del sujeto.

En esta materia resulta especialmente oportuno recordar las siguientes pala­bras de !a Escritura: 'El hombre ve las apariencias, pero Dios escu­driña el corazón' (1 SAM 16,7)- Sin embargo, y a pesar de que se recomienda ir con prudencia al juzgar la gravedad subjetiva de un determinado acto pecaminoso, de ahí no se sigue en modo alguno que se pueda sostener la opinión de que en el terreno sexual no se cometen pecados mortales".

A pesar de que la Iglesia ha adoptado, en los últimos tiempos, una postura más misericordiosa respecto a los pecados sexuales, tenemos que admitir que los cristianos no supimos imitar a Cristo en su actitud frente a los pecados sexuales, entonces sucedía que los padres de familia y en especial los sacerdotes repren­dían y maltrataban severamente a quien confesaba un pecado sexual.

Jesucristo no se comportaba de esa manera. Lejos de rega­ñar a la adúltera, por ejemplo, la trata con un respeto absoluto, con un amor incondicional. No le interesa, para nada, que la mujer se culpabilice.

En efecto, Cristo no carga culpas sobre las espaldas de los pecadores. Menos aún cuando estos se han arrepentido. A él no le interesa que los pecadores gasten sus energías en culpabilizarse auto destructivamente. De ninguna manera. Lo que quiere es que cambien su vida, que crezcan y desarrollen su capacidad de amar.

La culpa, es un hecho cultural, casi biológico, que ya nos afecta inconscientemente y sin darnos cuenta. Por lo mismo, si malinterpretamos la actitud de Dios, proyectaremos en El las acusaciones de la conciencia mal formada, y acabaremos sintiendo culpa.

Pero una culpa psicológica engendrada por el superyó.

La culpa psicológica es como un circuito cerrado. Mi con­ciencia, como parte del superyó ve que he cometido una acción incorrecta o mala. Me recuerda que ya no soy merecedor de amor ni de respeto. Y de esta manera, provoca en mi la ansie­dad y auto agresión que caracterizan a la culpa. Me mete así en un proceso destructivo. Se me cierra luego la posibilidad del cambio y del crecimiento.

Todo esto resulta muy diferente de la culpa religiosa. Esta es una relación abierta y humilde con Dios. El hombre, igual que el hijo pródigo, decide levantarse para ir a su Padre y reconciliarse con El. Esto no significa negación del propio pecado.

Al contra­rio, se le reconoce con dolor y arrepentimiento. Pero estos senti­mientos son vividos de cara a Dios. Y Dios es compasivo y mise­ricordioso, incapaz de castigar y lleno de amor.

Dios tampoco niega el pecado.

El padre de la parábola del hijo pródigo no menciona los pecados de su hijo menor. Los conoce igual que el hijo mayor, que si acusa a su hermano. Pero él —el Padre—, no habla de pecado, sino de fiesta, de alegría y, en el fondo, del cambio de vida de su hijo. Esto último es lo que sí le importa a Dios, que dejemos de pecar y orientemos nuestras energías hacia el amor

El amor nos lleva a reconocer las enormes potencialidades que la persona tiene como individuo libre y capaz de cambiar. Y Dios, que es amor y aparte creador nuestro, conoce como nadie esas potencialidades que tenemos.

Si experimentamos este trato comprensivo y amoroso de Dios, por medio de la oración contemplativa, es probable que apren­damos a hacer otro tanto con los demás. Lo cual nos coloca en la perspectiva de la sublimación sexual.

Todos, casados o no, podemos aprender a relacionarnos con los demás, a partir de una sexualidad sublimada en amor, de forma que no condenemos sus pecados, sino que facilitemos su cambio, su conversión, su creatividad.

3. ¿SUBLIMACIÓN TRANSPERSONAL?

Lo que venimos considerando hasta ahora, nos plantea la cuestión de que la experiencia espiritual, que nos introduce en el mundo transpersonal, tenga algún mecanismo que pueda ser estudiado psicológicamente.

En las grandes religiones se reconoce la necesidad de un proceso de purificación, que limpie a la persona del pecado, de los apegos, de las imperfecciones capaces de impedir la práctica del amor,

En el cristianismo se admite que el bautismo echa un ger­men de muerte y resurrección en el creyente. Pero igual que todo germen, tiene que germinar, crecer y dar fruto.

MUERTE LIBERADORA

Nada se presta tanto para el morir espiritual que engendra vida, como las experiencias afectivas de las personas

El morir cris­tiano significa muerte a la pasividad, a la mediocridad, al des­amor. Por ello, Cristo emplea una imagen tan sugestiva como la del grano de trigo.

"Sí, te aseguro, si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante".

La semilla de muerte recibida en el bautismo entraña, por su misma naturaleza, una tendencia hacia la plenitud de vida, que consiste en dar fruto abundante. Lo cual es una expresión equi­valente a creatividad.

Cierto, muchos creyentes, de cualquier fe, ignoran el poder vivificante que ciertas vivencias con sabor a muerte con­tienen. Entonces no aprovechan el dolor ni los sufrimientos que son inevitables en esta vida terrena.

Si, hay muchas penas y enfermedades que de todas maneras las vamos a padecer. Pero si logramos penetrarlas con amor y con esperanza, se pueden convertir en un medio de purificación y crecimiento. Lo importante no es cuánto se sufre, sino la acti­tud de amor con que sufrimos.

Parece que el amor, por ser en si mismo una energía cons­tructiva, logra darle sentido al dolor. Se convierte en un por qué sufrir. Esto es más efectivo, si unimos nuestro sufrimiento con el de Cristo crucificado. Pero Cristo no sólo ha sido crucificado hace 2,000 años, sino que sigue crucificado en millones de hombres.

Ahora mismo, en ORIENTE muchas personas siguen sufriendo las consecuencias de la terrible guerra en Irán. Por tan­to, con nuestro propio dolor podemos aprender el amor que nos solidariza con todos los sufrimientos del mundo.

Además, el dolor y el sufrimiento, cuando se nos imponen de manera inevitable, son una ocasión de crecer en libertad inte­rior. Al no poder eliminarlos, sólo nos queda la posibilidad de cambiar, en nuestro interior, la actitud con que decidimos vi­virlos.

Si elegimos sobrellevar los sufrimientos con amor, entonces logramos una madurez afectiva profunda y transformante. Me vuelve capaz de amar, no tanto a partir del gusto y el entu­siasmo, sino a pesar del dolor y más allá del dolor.

Pero tal como insinué un poco más atrás, nada como la vida afectiva entraña tanto sufrimiento y penalidades.

Decidirse a amar de verdad, significa:

Atreverse a cargar la cruz.

Este es un hecho ampliamente reconocido por la psicología contemporánea. Cuando el doctor H. Benson enumera los facto­res existenciales que más tensionan y hacen sufrir;

*Coloca en primer término (los problemas afectivos).

Eventos Escala de impacto

Muerte de la esposa 100

Divorcio 73

Separación marital 65

Encarcelamiento 63

Muerte de un familiar cercano 63

Un accidente persona! o enfermedad 53

Matrimonio 50

Pérdida del trabajo 47

Reconciliación matrimonial 45

Etcétera.

Más recientemente, el manual de diagnostico de la Asocia­ción Americana de Psiquiatría, incluye también los hechos capa­ces de generar mayor stress. De nuevo, aparecen en primer tér­mino las situaciones referentes a la afectividad. Estos son los problemas:

Conyugales (maritales o no maritales): comprometerse, matri­monio, desacuerdo, separación, muerte de la esposa.

Paternidad: convertirse en papá, choques con el hijo, enfermedad del niño.

Interpersonales: enfermedad del mejor amigo, problemas con los amigos, con los vecinos, con (los socios, con el jefe).

Ocupaciones; en el trabajo, en la escuela, en las actividades domésticas, así como desempleo, jubilación, problemas esco­lares.

Circunstancias de vida: cambio de casa, amenaza a la integridad, personal, emigración.

—: Económicos: fracasos económicos, cambio de nivel económico. Legales: ser arrestado, encarcelamiento, juicio,

Desarrollo: fases del ciclo de la vida: pubertad, adultez, meno­pausia, llegar a los "cincuenta".

Enfermedad física o heridas: enfermedad, accidente, operación, aborto.

— Otras Tensiones psicosociales: desastres naturales, persecución, embarazo no deseado, rapto.

Es evidente que lo más mortificante y doloroso para los seres humanos es lo referente a! corazón. Las situaciones equivalentes a una relación conyugal, lo mismo que ésta, son las que más fuertemente involucran el corazón. Y cómo éste representa lo más valioso, lo más sensible y lo más delicado del hombre, en­tonces resulta altamente vulnerable. Y al ser herido, provoca los sufrimientos más vivos e intensos.

Hay un caso en el que se toca el abismo profundo de un sufrimiento; mortal. Me refiero a la separación voluntaria de una persona amada, con quien se podría entablar una relación marital.

Vivimos en un mundo mixto, en el que es fácil convivir con personas del sexo complementario. En el trabajo, una mujer casada puede encontrarse con un hombre que la llena más que su marido.

Los sacerdotes pueden tratar más libremente con muje­res. En la universidad las relaciones heterosexuales son nor­males.

-Esta" situación social se presta para que, entre un hombre y una mujer, se estrechen los lazos de la atracción sexual y del afecto

Muchas veces se trata de un simple enamoramiento. Pero hay ocasiones en las que el alma o el corazón de ambos se unen por el amor. Se está dispuesto a darlo todo por conservar ese amor. Alguna estaría dispuesta a divorciarse; el otro se enfren­taría a las criticas sociales; aquel renunciaría a su fortuna con tal de retener a la mujer amada, etcétera,

Sin embargo, por principios religiosos o morales, por un sen­tido de responsabilidad con los propios hijos, por una situación social insuperable, hay quienes deciden renunciar a! amor de su vida. Se separan efectivamente de la persona amada. Entonces viven una experiencia de muerte, en el sentido más vivo y hu­mano de la palabra muerte.

Igor Caruso ha realizado un amplio estudio sobre este tema. Después de repasar una serie de casos, señala como efecto prin­cipal de la separación, "La vivencia de la muerte en mí con­ciencia ocasionada por la separación".

El estudio se refiere, en concreto, a "la situación de los aman­tes que, a priori, deben separarse por razones —“vividas en el plano consciente”— de orden moral, religioso, social y utilitario".

El autor comprueba que la mayoría de las personas intenta sustraerse al dolor y al sufrimiento mortales que vive, por cami­nos equiparables a la muerte real.

El camino más sencillo y frecuente es el recurso a los, llama­dos mecanismos de defensa. Entonces se proyecta sobre el otro la rabia producida por la separación. También son empleados otros mecanismos como la racionalización, las compensaciones, la reacción en contrario como el odio, la indiferencia, la excesiva preocupación por el otro, etcétera.

Algunas personas llegan a confirmar la muerte que viven, acudiendo al suicidio o a la locura. Esta, como sabemos, signi­fica una muerte a la vida normal. Para no tener que enfrentar la angustia y el dolor terribles de la separación, el amante se esca­pa de la realidad. Se fabrica entonces un mundo fantástico sin dolor.

Pero si a pesar de la angustia y el sufrimiento, se despliega la libertad en la línea del amor, cabe la posibilidad de vivir una muerte liberadora. Sí la separación no es por cobardía o algo semejante, si libremente se decide lo que parece más sano y constructivo para ambos, entonces se puede sostener una actitud de amor recíproco.

Al amar de esta manera, es decir, buscando et bien del otro aunque le cueste a uno la vida, entonces se llega a crecer como nunca en el amor.

RESURRECCIÓN PARA AMAR ETERNAMENTE

Cuando en relaciones de pareja, de amistad, de familia, de camaradería, se acepta la muerte, al egoísmo, al propio punto de vista, a la posesión del otro, etcétera, lo que aumenta es la liber­tad. Y como ésta constituye la raíz humana del amor, entonces también la capacidad de amar se incrementa.

En la perspectiva de la FE y grandes religiones, especialmente en el cristianismo, las técnicas de purificación mental y espiritual, tienen como meta la iluminación, el nirvana, la resurrección

. Se busca, como en la psicología transpersonal, una plenitud de vida. Para nada se pretende sufrir por sufrir o morir por morir.

Esta visión de los procesos personales nos muestra que el dolor, tal como Frankl ha comprobado, tiene un valor psicoló­gico muy profundo. Más que nada, porque permite el desarrollo de la libertad y, por ende, también de la habilidad para emplear las propias energías creativa y constructivamente.

Si observamos la vida de las parejas, advertiremos que, con gran frecuencia, se enredan en conflictos dolorosos por falta de libertad. Están demasiado apegados a sus puntos de vista, a su afán de poseer al otro, a sus intereses personales... Así, el amor es imposible.

Se comprende, por tanto, que la terapia transpersonal, utili­zando un término de la ascesis espiritual, hable de desapego. No podemos apegarnos ni siquiera al propio cónyuge.

Si queremos seguir amándolo, necesitamos libertad. Esto vale todavía más respecto a nuestros amigos. Pero el desapego se refiere también al impulso sexual, a los excesos en el comer o beber, a la pose­sión de cosas y dinero, etcétera.

Cuando aprendo a desapegarme, crece la expre­sión libertad para amar, entonces logro una verdadera acti­tud. Esta es un modo de ser que me hace reaccionar con amor frente a cualquier persona o situación.

Más específicamente, de acuerdo a las investigaciones de Maslow, puedo reconocer algunos rasgos de quienes han re­sucitado para el amor.

En efecto, los que han dejado de vivir el amor de acogida o el amor-necesidad en forma exclusiva, y saben practicar el amor de donación o amor-Ser, presentan características notables de libertad y de eficiencia en su amor al otro.

"Los amantes-Ser son más independientes el uno del otro, más autónomos, menos celosos y temerosos, menos necesitados, más individuales, mas desinteresados, pero también, simultáneamente, mas listos para ayudar al otro dada la actualización, más orgullosos de sus triunfos, más altruistas, generosos, alentadores".

Mi propia experiencia en este terreno me demuestra que esa independencia y autonomía en el amor, lejos de separarme de nuestros seres queridos, me une mucho más. En especial, pro­duce en mi una alegría altísima, como la que caracteriza a la verdadera resurrección. Lo cual ya había sido anunciado por Cristo, como parte de su evangelio.

"Igual que mi Padre me amó, los he amado Yo.- Manténganse en ese amor que les tengo, y para mantenerse en mi amor, cumple mis mandamientos; también yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor.

Les dejo dicho esto para que compartan mi alegría y así su alegría sea total.

Este es el mandamiento mío: que se amén unos a otros como yo los amo a UDES., Se comprende que esta alegría total, corresponde a lo que hemos visto como orgasmo completo y que, precisamente, es fruto de una entrega total y amorosa al esposo o a la esposa.

La psicología humanística y la transpersonal sobre todo, buscamos caminos para que esa alegría total y no sea patrimonio exclu­sivo de ciertos momentos cumbres.

Se pretende que el amor haga vibrar el placer y la alegría en medio de lo cotidiano. Por ejem­plo, al saludar a !a esposa, a los hijos, a los amigos, a los com­pañeros, a los vecinos, etcétera. Lo mismo al contemplar una flor por la calle, a! ver un rostro sonriente, al encontrar un niño, al hacer ejercicio físico, al comer, etcétera.

En el fondo de esta capacidad-de goce, como nos insiste Jesucristo, se halla e! amor. Este, por tanto, constituye !a esencia misma de la resurrección.

"Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. No amar es quedarse en la muerte; odiar al propio hermano es ser un asesino, y sabes que ningún asesino conserva dentro la vida eterna.

He comprendido lo que es el amor porque Aquél se des­prendió de su vida por nosotros; ahora también yo debo desprenderme de la vida por nuestros hermanos. Sí yo poseo bienes de este mundo y, viendo que mi hermano pasa necesidad, le cierra mis entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos, no ame­mos con palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad".

Como vemos en este texto, la resurrección del amor se con­vierte, de una forma o de otra, en creatividad. No sólo en cuanto que ayuda al hermano en sus necesidades, sino también porque lo crea en cuanto persona."Dios crea a cada Persona por medio de otra Persona, y por eso cada hombre puede sentirse en cada momento frente a otro hombre como un co-creador, en el sentido más hondo de la palabra crea­ción, con toda la espontaneidad y novedad que lleva consigo.

Y del mismo modo, el hombre se siente en cada momento creado por Dios precisamente por medio de otra persona. Esto vale especial y propiamente para el proceso por el que el hombre se hace persona: me entiendo cada vez más, respondo cada vez más a la llamada creadora de Dios, que es algo básico para mí, cuando me entiendo en el amor a través de todas las relaciones personales que se consti­tuyen de manera “compartida”con los demás hombres.

Y sólo puedo en­tenderme a mí mismo, tal como, soy, a partir de ellas... De esa manera, todo “compartir” entre personas, todo regalo que ayuda al otro, toda existencia para los demás, es una participación en el acto creador de Dios. Así realizamos nosotros nuestro 'cometido crea­dor' en el sentido activo"."

Así también se realiza en nosotros una muerte como la del grano de trigo, que muere para dar fruto abundante. El amor no sólo nos da la vida nueva de la resurrección, sino que nos permite generarla en otros. J. F F APUNTES QUE YO SAQUÉ EN CLASES DE ESPIRITUALIDAD DEL P .LUIS JORGE GONZALEZ CARMELITA, EN MEDELLÍN”

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